El contexto: La felicidad ha sido relegada como valor fundamental de la vida durante buena parte de la historia de Occidente. La Psiquiatría y la Psicología han estado enfocadas en el alivio del sufrimiento asociado con desórdenes mentales, y ha incluido a la felicidad como objeto de estudio y práctica en las últimas décadas.
Aún cuando la búsqueda de la felicidad está incluida expresamente en documentos políticos como la declaración de la independencia de los Estados Unidos (1776) y en la primera constitución francesa (1791), es también en los últimos años del siglo XX que algunos estados han comenzado a medir el estado de bienestar de los habitantes (la relación bienestar-felicidad excede este resumen).
La incorporación a la vida cotidiana de la noción de que "El movimiento primordial de nuestra vida nos encamina a la felicidad", como lo expresa el Dalai Lama, es reciente y hasta no hace mucho sonaba a "descubrimiento" a patrimonio de una nueva era o de culturas lejanas.
Un difundido mal juicio que hemos venido arrastrando, y del que no nos liberamos aún, es el de que "buscar la propia felicidad es un acto de egoísmo". Baste aquí recordar que "nadie puede dar a otros lo que no tiene", y los resultados de innumerables experimentos y de nuestra propia experiencia mostrando que los individuos felices son los más flexibles, los más dispuestos a ayudar, a ponerse en el lugar de otros, a dejar de lado posiciones propias en favor de otros.
Desde diferentes perspectivas se nos ha inoculado un concepto de felicidad en el que esta vaga entre la "suerte" o "destino" que nos toque, y de las condiciones externas que podamos conseguir. Sin haberlo meditado nos movemos con la idea de que la felicidad cae del cielo, depende de las condiciones del medio y es temporaria.
Un factor que nos confunde es tratar como sinónimos felicidad, placer y diversión. Puede que conceptualmente podamos diferenciarlo, pero ¿lo hacemos cuando dirigimos nuestra acción, cuando elegimos puntos de vista, cuando nutrimos nuestras emociones? La sola diferenciación comienza a producir resultados prácticos de inmediato.
Otra fuente de frustración y debilitamiento de nuestra capacidad de crear felicidad viene de guiar nuestra vida por sentidos provisionales, por objetivos que nos crean la ilusión dirección en la vida, pero que tienen que ver con cuestiones temporales, materiales, o que dependen de condiciones externas, cuando lo cotidiano es impermanente en sí, y nuestra misma vida física lo es. Esto no significa que debemos renegar del mundo, aclara es imposible que una felicidad estable, amplia y duradera se de fuera de un propósito trascendente en la vida.
Comenzar a avanzar en la propia felicidad, y en agregarla a nuestro entorno, se facilita cuando eludimos esa necesidad de nuestra mente de definir y etiquetar; encontramos entonces ideas claras para la acción que señalan que la felicidad "es la consecuencia de la manera en que elijo vivir" (S. Sinay).
"Felicidad es querer lo que uno hace" dice J. P. Sartre; "Ama la realidad que construyes y ya nada podrá detenerte" insiste Silo, "no aspirar a nada diferente [de lo que pasa en nuestras vidas] ni hacia adelante, ni hacia atrás, ni en toda la eternidad" es lo que enfatiza Nietzche.
Aún así "ser feliz" no es un mandato, no es algo "que estamos obligados a ser" o de lo contrario hemos fracasado. Ser felices es una posibilidad, una oportunidad, un descubrimiento de uno mismo.
Tenemos una búsqueda de la felicidad que va orientándonos en el día a día, que nos va deparando diferentes momentos de felicidad cada vez más plenos y duraderos; y que si construimos las condiciones, si "entrenamos" nuestra dinámica psíquica desemboca en el estado de felicidad trascendente y permanente.
Las investigaciones en el campo psicológico vienen demostrando una y otra vez: la felicidad es un estado interior, depende del modo en que orientamos y alimentamos nuestra dinámica psíquica.
"Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar, indefectiblemente te encontrarás a ti mismo y esa, sólo esa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas" dice P. Neruda.
Aún cuando la búsqueda de la felicidad está incluida expresamente en documentos políticos como la declaración de la independencia de los Estados Unidos (1776) y en la primera constitución francesa (1791), es también en los últimos años del siglo XX que algunos estados han comenzado a medir el estado de bienestar de los habitantes (la relación bienestar-felicidad excede este resumen).
La incorporación a la vida cotidiana de la noción de que "El movimiento primordial de nuestra vida nos encamina a la felicidad", como lo expresa el Dalai Lama, es reciente y hasta no hace mucho sonaba a "descubrimiento" a patrimonio de una nueva era o de culturas lejanas.
Un difundido mal juicio que hemos venido arrastrando, y del que no nos liberamos aún, es el de que "buscar la propia felicidad es un acto de egoísmo". Baste aquí recordar que "nadie puede dar a otros lo que no tiene", y los resultados de innumerables experimentos y de nuestra propia experiencia mostrando que los individuos felices son los más flexibles, los más dispuestos a ayudar, a ponerse en el lugar de otros, a dejar de lado posiciones propias en favor de otros.
Desde diferentes perspectivas se nos ha inoculado un concepto de felicidad en el que esta vaga entre la "suerte" o "destino" que nos toque, y de las condiciones externas que podamos conseguir. Sin haberlo meditado nos movemos con la idea de que la felicidad cae del cielo, depende de las condiciones del medio y es temporaria.
Un factor que nos confunde es tratar como sinónimos felicidad, placer y diversión. Puede que conceptualmente podamos diferenciarlo, pero ¿lo hacemos cuando dirigimos nuestra acción, cuando elegimos puntos de vista, cuando nutrimos nuestras emociones? La sola diferenciación comienza a producir resultados prácticos de inmediato.
Otra fuente de frustración y debilitamiento de nuestra capacidad de crear felicidad viene de guiar nuestra vida por sentidos provisionales, por objetivos que nos crean la ilusión dirección en la vida, pero que tienen que ver con cuestiones temporales, materiales, o que dependen de condiciones externas, cuando lo cotidiano es impermanente en sí, y nuestra misma vida física lo es. Esto no significa que debemos renegar del mundo, aclara es imposible que una felicidad estable, amplia y duradera se de fuera de un propósito trascendente en la vida.
Comenzar a avanzar en la propia felicidad, y en agregarla a nuestro entorno, se facilita cuando eludimos esa necesidad de nuestra mente de definir y etiquetar; encontramos entonces ideas claras para la acción que señalan que la felicidad "es la consecuencia de la manera en que elijo vivir" (S. Sinay).
"Felicidad es querer lo que uno hace" dice J. P. Sartre; "Ama la realidad que construyes y ya nada podrá detenerte" insiste Silo, "no aspirar a nada diferente [de lo que pasa en nuestras vidas] ni hacia adelante, ni hacia atrás, ni en toda la eternidad" es lo que enfatiza Nietzche.
Aún así "ser feliz" no es un mandato, no es algo "que estamos obligados a ser" o de lo contrario hemos fracasado. Ser felices es una posibilidad, una oportunidad, un descubrimiento de uno mismo.
Tenemos una búsqueda de la felicidad que va orientándonos en el día a día, que nos va deparando diferentes momentos de felicidad cada vez más plenos y duraderos; y que si construimos las condiciones, si "entrenamos" nuestra dinámica psíquica desemboca en el estado de felicidad trascendente y permanente.
Las investigaciones en el campo psicológico vienen demostrando una y otra vez: la felicidad es un estado interior, depende del modo en que orientamos y alimentamos nuestra dinámica psíquica.
"Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar, indefectiblemente te encontrarás a ti mismo y esa, sólo esa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas" dice P. Neruda.
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