Llegan "las fiestas de fin de año". Además de la mundana, y valiosa, oportunidad de reunirnos, fraternizar y compartir más abiertamente un momento de nuestras vidas ¿Qué es lo que festejamos? ¿Con qué propósito?
En toda cultura hay fiestas que no son "conmemoraciones" sino "reactualizaciones"; momentos en los que no se "recuerda" un hecho pasado, sino que "se vive de nuevo ese hecho".
A nivel de experiencia interior de los participantes esas fiestas no acontecen en el tiempo histórico, son un volver siempre al mismo y original momento en el que lo festejado sucedió, son el momento del año en el que nos hacemos contemporáneos de esos acontecimientos. Nos volvemos a encontrar en el inicio, con un mundo y una vida renovados que recomienza con nueva fuerza.
En la dimensión religiosa la fiesta es la oportunidad de, a través de los ritos, actualizar el contacto con la divinidad, de "reaprender" y reafirmar los principios y modelos de vida.
La Navidad es el momento en el que nos hacemos contemporáneos de Jesús, en que recreamos su nacimiento y su mensaje. Adherentes o no al Cristianismo, practicantes o no, estas fiestas son oportunidad de salirnos de la linealidad temporal, de conectarnos íntimamente con aquel tiempo original en el que Jesús predicó la necesidad en el hombre de ciertos estados internos que se manifiestan como hermandad, solidaridad, humildad, perdón.
En la tradición del armado o representación del pesebre se encierra ese simbolismo de "volver a crear" aquel momento, en el que el portador del mensaje nacía. La tradición de "las posadas" o de no poner en el pesebre a Jesús niño hasta la noche misma que se conserva en algunos países latinoamericanos pone de relieve tal reiteración "del momento original".
El árbol de navidad se originó fuera del cristianismo, pero su significado es el mismo: la unión de lo celeste con lo terrestre.
Buenos días estos, entonces, para disfrutar de los festejos mundanos y para hacer nacer en la tierra de los hombres, una vez más el mensaje de amor fraternal y aspiración a una vida valiosa.
En toda cultura hay fiestas que no son "conmemoraciones" sino "reactualizaciones"; momentos en los que no se "recuerda" un hecho pasado, sino que "se vive de nuevo ese hecho".
A nivel de experiencia interior de los participantes esas fiestas no acontecen en el tiempo histórico, son un volver siempre al mismo y original momento en el que lo festejado sucedió, son el momento del año en el que nos hacemos contemporáneos de esos acontecimientos. Nos volvemos a encontrar en el inicio, con un mundo y una vida renovados que recomienza con nueva fuerza.
En la dimensión religiosa la fiesta es la oportunidad de, a través de los ritos, actualizar el contacto con la divinidad, de "reaprender" y reafirmar los principios y modelos de vida.
La Navidad es el momento en el que nos hacemos contemporáneos de Jesús, en que recreamos su nacimiento y su mensaje. Adherentes o no al Cristianismo, practicantes o no, estas fiestas son oportunidad de salirnos de la linealidad temporal, de conectarnos íntimamente con aquel tiempo original en el que Jesús predicó la necesidad en el hombre de ciertos estados internos que se manifiestan como hermandad, solidaridad, humildad, perdón.
En la tradición del armado o representación del pesebre se encierra ese simbolismo de "volver a crear" aquel momento, en el que el portador del mensaje nacía. La tradición de "las posadas" o de no poner en el pesebre a Jesús niño hasta la noche misma que se conserva en algunos países latinoamericanos pone de relieve tal reiteración "del momento original".
El árbol de navidad se originó fuera del cristianismo, pero su significado es el mismo: la unión de lo celeste con lo terrestre.
Buenos días estos, entonces, para disfrutar de los festejos mundanos y para hacer nacer en la tierra de los hombres, una vez más el mensaje de amor fraternal y aspiración a una vida valiosa.
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