Dice el deconstruccionismo que todo ordenamiento, toda sistematización, forzosamente deja fuera elementos o posibilidades de lo que busca ordenar. Esto es así en lo administrativo, en el software... y en el propio existir en el mundo.
Toda nuestra vida hemos estado incluyendo y excluyendo acciones, sentimientos y pensamientos en ese ordenamiento en términos mundanos llamamos “lo que yo soy”... pero no todo lo que excluimos desapareció.
Hemos venido eligiendo (incorporando “al orden”) en base a lo que nos enseñaron había que incorporar, a lo que había disponible, a lo que nuestras mecanicidades mentales y emocionales nos empujaron, a lo que pudimos incorporar ¿Cuántos sueños, cuántos impulsos, cuántas intenciones y ganas, dejamos afuera?
Algo de todo eso que no consideramos parte de lo que somos sigue estando y actuando dentro de nosotros; esta es una de los conceptos que S. Freud incorpora a la psicología occidental, la idea de que una parte de nosotros que no se muestra a la luz pero que actúa en nuestra vida, ese “otro” que acompaña siempre al personaje central en “La isla del día de antes” de H. Eco.
Estamos ante la dimensión dionisiaca que F. Nietzche resalta en la Grecia antigua. Dionisos, que siendo un dios, hijo del mismo Zeus, no tiene lugar en el consejo del Olimpo. Tiene carácter divino pero no forma parte del orden; no tiene templo propio pero en ciertos momentos del año habita el de Apolo, dios de la armonía y el orden.
Dionisos, asociado con el vino por ser el dios de ese estado de libertad y ausencia de frenos autoimpuestos que la embriaguez produce. Lo primero que se pierde con la embriaguez es el raciocinio, es ese constante comparar con las estructuras mentales dominantes, se suspende el constante parloteo mental y la censura que los juicios (proyección mental hacia el futuro basado en el pasado). Dionisos es el dios que devuelve el estado primordial, el que hace que el personaje que hemos creado para nosotros dentro del orden dé lugar a aquellas porciones de nosotros que no tienen lugar en el orden.
La misma propuesta está en la base del carnaval, período donde se suspenden los personajes y las normas cotidianas, donde se exploran nuevas formas de ser y de expresarse; período en el que los participantes “se entregan a la vida tal como esta vaya saliendo”.
“El que no hace una locura de vez en cuando se vuelve loco” dice la voz popular. Quien no hace lugar a la manifestación de sus contenidos excluidos por el orden niega una parte de sí. La clave es buscar la vía más constructiva, es hacer integrar esa manifestación a la construcción de la vida plena, a la construcción de un mundo valioso.
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